La danza y el porqué I

La danza y el porqué I

Vivir en un estado del espíritu, un estado de ánimo, implica que gozamos un movimiento que serpentea en nosotros como relámpago y que nos habla. Hemos visto la danza no como un saber hacer, sino como un saber ser en la perpetua mutación de sus ritmos y formas. La sentimos un arte, una vida y nos imaginamos, como si pudiéramos pensar el pensamiento del cuerpo, que es cómo una peculiar intimidad que encuentra su asimiento en el sentimiento que crea y puede expresarse. En ese nuestro estar afectivo en nuestro ser, a veces la danza nos responde las preguntas más silenciosas, aquellas que habitan en sus instantes. Aquellos instantes en los que una mano adquiere la dimensión del símbolo, de un gesto que nace como un ser constatado en lo especifico, como manifestación y configuración anímica del ritmo interno del cuerpo que baila.

 

Así, la mano que posas sobre el cuerpo del otro, en la silueta de ella, la que baila, y sin embargo, la piel que así delimita es tanto la del otro como la tuya. Como dos trazos, tal cual se transponen el movimiento anímico y el movimiento corporal; esa magia que te atrapa en la sensación en que se inerva el ritmo del mirar y del palpar, que son los modos en que todo un universo de vida interior traspasa y penetra en la visibilidad.

 

La expresión es una cuestión de ritmo, tempo; la danza transporta, porque comunica a través de esos instantes que básicamente se distinguen porque el espacio y el tiempo de la humanidad y del mundo se condensan y constatan en el alma y a la vez cada gesto, cada movimiento muestra esa alma en el espacio. No se trata de movimientos que quedan dichos así sin más, sino que son el despliegue de un dejo de eternidad, el movimiento de las olas en el mar, del viento que grita. En eso la danza se parece a la Tierra, porque son una armonía duradera en un quantum que se significa como instante.

 

Son en su conjunto la expresión y manifestación espiritual de los seres que bailan desde la posición-posesión del alma, por ello es que la mirada más penetrante, el gesto que imagina el aire, la sensualidad de un ademán, es su comprensión misma. Alguien que quiere entender lo ha de hacer lejos del pensamiento, lejos de encontrarse como alguien, ha de encontrarse como el movimiento con que se toma posesión espiritual de un espacio que es creado por el propio movimiento, comprender es moverse dentro de esa forma, y moverse dentro del movimiento de su propia comprensión, uno es ese movimiento, uno es esa condensación y constatación de la humanidad, porque uno habita ese espacio y es habitado uno por él.

 

En la extensión, ¿puede ser uno mismo? Quizá lo sea, si sólo podemos decir algo de aquello que corresponde a lo que se experimenta, solo podemos responder con un sí sin medida, toda vez que esa capa delgada, superficial, inextensa y epidérmica que es la piel propia y que es también la de la Tierra, es hallada como el espacio del haber devenido sentido, aistesis como de antiguo se le hacía llamar a este hecho, según el cual existe un ámbito de sensaciones en el que están el placer, el dolor, el deseo, el temor, el enojo, y que ese es el domicilio de cada uno en sus afectos y por ello es una sensibilidad anónima que no siendo ni objeto ni sujeto, es lo inadvertido que pasa como con un aroma o una bella vista, donde el oler mismo es inodoro y la vista no es visible –se trata de imágenes-, pero lo visible es lo activo de la propia vista y lo gustable es lo activo del gusto –se trata de fuerzas-, pero únicamente porque esa forma de lo inadvertido es la que recibe la imagen de las fuerzas que se imprimen como huellas sin materia.

 

De esa manera, la experiencia de la danza implica que tenga lugar una alteración, por el hecho de que la sensación es afección, la afección es diferencia, y la diferencia da cuenta de movimiento y cambio: es un Espacio. Una fuerza exterior deviene sentida pero lo es porque es una imagen que en el interior del cuerpo deviene sentimiento y de esa forma es sentido a través de la imagen de las fuerzas. Pero ese espacio se mueve según esas fuerzas, y que la mayor parte de ellas carecen de nombre, pues lo sensible es ilimitado y no hay nombres suficientes que lo nombren. Ese espacio que es un “en medio o medio”, no es el cuerpo mismo, sino esa piel de la Tierra, una máscara de las fuerzas con las que devienen sensibles las fuerzas.

 

Entonces el Espacio quiere decir una contracción que relaciona eso inconmensurable y asemeja lo diferente. Imaginemos tres posibilidades con el espacio de la danza: en ella lo diferente se une por la afectación, lo imperceptible –los medios por en los que se mueven las fuerzas- devienen perceptibles por su modificación, lo insensible, que son las fuerzas mismas, deviene sensible al plegar un espacio y, por último, lo perceptible deviene percibido y lo sensible sentido cuando, el medio, modificado por la fuerza, modifica a su vez al sentido sensorial haciendo en él la marca de esa fuerza, trasmitiendo en él la imagen sin materia.

 

La extensión, es uno mismo como un quizá no, pues la imaginamos como un sentido sensorial que todavía no es, la nariz no huele, el ojo no ve, la lengua no sabe; y por ello no configuran un organismo o una estructura mental centralizada que sea absoluta, por el ejecutante y uno mismo nunca es algo. Nuestros sentidos están sueltos y dispersos, desplegados y explicados en un medio insensible que es incoloro, inodoro, insípido, invisible, intangible e inmóvil, de pronto una fuerza que llega y actualiza ese estado virtual y adopta una manera de entregársenos, aparece y simplemente hay un espacio que configura sentidos sensorios para sentirla.

 

La importancia de la danza es precisamente que genera órganos sensoriales y recursos espirituales que son la semejanza, el semblante de esa fuerza que contiene impresa una diferencia de intensidad y nos hace vibrar de una forma mágica, porque esa es la impresión en cada uno, precisamente de ese sentido rítmico instintivo que viene del artista, quien es a su vez es el propio devenir semblante de la Piel de la Tierra, que es su cuerpo diseminado es esos medios, atmosferizado, empapado en esa atmósfera , envuelto por ellos en su piel.

 

Y qué es el movimiento, sino la forma de hacer eso posible, desplazar o exiliarse de un territorio originario, ausentarse de la identidad y de sí mismos. El movimiento es la facticidad de la ausencia de sí mismo en el artista que danza, es el vestigio de una gravedad previa y un recuerdo de la gravedad de otros quienes han bailado, la imagen de su gravedad mientras que transido de ausencia recuerda sus orígenes. Tiene como la posesión más valiosa la memoria de ese lugar y se esfuerza en volver a él y desea volver a ese paisaje para ser realmente el que es, pero en su movimiento va la huella de un olvido primordial de sí mismo que cuando llega y es mirado realmente en su originalidad por su audiencia crea la estética pura que le es permitida siempre que se permite abandonar su piel. Devenir el otro.

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