La (Nueva) Normalidad del Mundo

La (Nueva) Normalidad del Mundo

Al inicio de la contingencia mundial, provocada por el coronavirus, se creía que al término de ésta se iba a generar una suerte de nuevo amanecer, de un nuevo mundo, más justo, más bello, más disfrutable y menos peligroso. La gente sufrió y se privó, durante una parte del encierro, de todo aquello que la hacía feliz y comenzó a añorar lo que un futuro indeterminadamente lejano, pero seguro, le ofrecería de regreso a su vida. Se establecieron, para el final de la pandemia, fechas escalonadas a fin de que la nueva normalidad, a cuenta gotas, se fuera alcanzado: una gota de acceso a los centros comerciales, otra a los cines, una a las barberías, a los antros, una más a los moteles, a los gimnasios, a los parques de diversión, ¡a las calles!

Todo se veía bien en el papel. El problema es que la contingencia se ha alargado tanto que parece no terminar y, sobre todo, es casi seguro que no habrá ningún mundo nuevo al término de ésta. No es que la expresión choteada de la temporada sea una sentencia: “la normalidad era el problema, la crisis”. No. Es la certeza de que el funesto mundo que ya se vivía no sufrirá ningún rasguño. Filósofos de moda, sin que se les haya preguntado, científicos con mucha presión social, y sin mucho que aportar, y hasta conspiranoicos emergentes, se han empeñado en convertir la situación actual en un parteaguas civilizatorio, cuando ellos mismos siguen utilizando y legitimando los clichés de siempre, muy gastados, para ejercer su actividad y opinión.

Entonces, las preguntas obvias: ¿Habrá cambios a causa de la pandemia? ¿Regresará el mundo anterior? ¿Seremos otros después de todo? Las repuestas obvias: No. Sí. No.

El trágico número de muertos y contagiados parece no decrecer como para que se pueda festejar en las calles. Es cierto que fue muy rápido el tiempo entre las noticias de las primeras infecciones, en Oriente, y las de los vecinos del condominio de enfrente. Pero eso no ha sido motivo para interactuar con el otro como si ya nada pasara. Una gran mayoría fue a festejar a su mamá, el pasado 10 de mayo, y hasta se tomó la selfie obligada. El de la tienda de la esquina no ha usado cubrebocas ni gel antibacterial durante todas estas semanas. Los de la calle de atrás ya organizan, todos los días, la cascarita colectiva sin protección alguna. Seguramente, para las y los que lo esperaban, se vendrán muy pronto los ansiados “besos de tres” y el “perreo hasta el sótano”. ¡Y así será!

Las empresas simplemente quedaron convencidas, porque ya lo hacían, que es incluso mejor explotar a sus empleados en casa que desde la oficina, ahorrándose así rentas, energía eléctrica, papel higiénico y bits por segundo de pornografía y redes sociales. La explotación seguirá, y no es de extrañarse que muchas de éstas tomarán la cuarentena como periodo vacacional.

La naturaleza, también hay que decirlo, no ha “regresado por lo suyo” ni ha reclamado su espacio en esta contingencia. Más allá de los vídeos de delfines y demás fauna exótica en grandes ciudades, todos ellos falsos y/o descontextualizados, simplemente ha habido una pausa, pequeñísima, en el grave deterioro de ésta por parte de la actividad humana. La contaminación ambiental, de modo visible, bajó en las urbes más envenenadas y, también visiblemente, regresará muy rápido a su nivel acostumbrado.

Otra cuestión es que la gente asumió poder estar días y noches, completas, conectados a la internet. Ahora lo interesante no es eso, sino lo que sucede entre sesión y sesión, entre clase y clase. Pero, en cualquier caso, la gente no se convertirá en cyborg ni su avatar suplantará, todavía, su identidad real.

La vendimia callejera, como uno de los mejores índices sociales citadinos, abandonó pasajeramente sus productos tradicionales y adoptó con mucho éxito los tapabocas y las caretas de acrílico. Invita, tal variedad, a portar uno casi por cada día de la semana. Pero esto es eventual; si mañana hubiera una pandemia venérea, seguro los ambulantes comercializarían condones de Elmo Cosquillas.

El Estado, y sus gobiernos en turno, como recién se observó en Guadalajara y en CDMX, sigue reprimiendo y desapareciendo a la población con sus aparatos represivos, so pretexto de salvaguardar el orden social frente a las protestas en contra de injusticias y de la vulneración de derechos fundamentales. Ese manido actor político sigue bien vivo.

 

La neta, la pandemia no va cambiar nada. No seremos otros después de ella. No habrá comida barata para los michis. No encontrarán pareja los solteros. La ciencia continuará siendo lenta e inocua. Los ciclistas seguirán “obstaculizando” a los automovilistas. Los directores de facultades se mantendrán autoritarios. El cambio climático no parará. No se frenará el racismo. No se producirá otro contrato social. El capitalismo no caerá en estos días. Pero ¿quién dijo que una pandemia era para cambiar?

Un domingo largo, de semanas, con la luz del día por apagarse, y esperando que llegue un lunes de septiembre para ir a trabajar, no parece el mejor momento para plantearse trasformaciones. ¿O sí?

 

Columnista: Juan Carlos Huidobro Márquez (@jchmmx) estudió psicología, sociología y filosofía en la UNAM. Es profesor universitario, ciclista y le gusta la música dark.

 

 

Categoria