Las Decisiones de Calderón

Las Decisiones de Calderón

 

Hay malos libros que vale la pena leer. El último del expresidente Felipe Calderón es uno de esos. Imitando la portada y el título de un libro de Hillary Clinton, en Decisiones difíciles, el político michoacano hace un ejercicio de autoelogio, débil autocrítica y reivindicación de los rasgos autoritarios y belicosos que ya le conocíamos. En el tema de seguridad, el autor no aporta grandes novedades, pero se retrata de cuerpo entero y en uniforme militar.

En un curioso intento teórico, Calderón conceptualiza sobre la captura del Estado y el control territorial de las organizaciones criminales. Relata que, desde 2004, comenzó a observar cómo en diversos lugares del territorio nacional los grupos delincuenciales controlaban a los gobiernos e imponían su ley sobre la población. Ya como presidente electo, recibió el consejo del expresidente Vicente Fox: “no meterse” con ese tema. Pero como Felipe es bravo, decidió no claudicar y por eso enfrentó a esos criminales tan temidos por otros gobernantes.                                 

Los narcotraficantes, dice el escritor, encontraron en el narcomenudeo un nuevo modelo de negocio. En su interpretación, fue la lucha por el control de plazas lo que desató la violencia y no la intervención gubernamental. En alianza con un grupo selecto de la autodenominada “sociedad civil”, el calderonismo adoptó en agosto de 2008 una “estrategia integral”. Ésta consistió en tres términos militares clásicos: combatir, controlar y reconstruir. Como en el imaginario calderonista no había más enemigo que el narcotráfico y ninguna otra amenaza significativa para la seguridad de los mexicanos, había que dirigir todos los esfuerzos en fortalecer a una súper policía capaz de acompañar a las Fuerzas Armadas en el combate contra los criminales, en apuntalar un mecanismo punitivo de evaluación para desechar a los malos elementos (control de confianza) y en construir por ahí algunos espacios públicos para la recreación de los jóvenes.          

Dice Calderón que nos equivocamos quienes calificamos a su estrategia de seguridad como “guerra contra el narco”. Clarifica que sí pero no. Él alguna vez dijo, en “sentido metafórico”, “guerra a la delincuencia”, pero no dijo que al narco. Siguiendo con sus clarificaciones, el egresado de Harvard reconoce que eventos como la masacre de Allende y el uso del penal de Piedra Negras como campo de exterminio, se fueron conociendo hasta que él dejó la presidencia. La reforma penal fue un logro, pero tiene defectos como “ampliar al extremo las garantías para los procesados”, derivando así en un “hipergarantismo” que “exacerba la impunidad”.

El autor parece estar convencido de que los derechos humanos estorban en las guerras. De Leyzaola hay que recordar su “éxito” en Tijuana, no sus formas. En marzo de 2010, Jorge y Javier no fueron ejecutados por el ejército en el Tec de Monterrey, “perdieron la vida”. Los 43 estudiantes de Ayotzinapa no son víctimas de desaparición forzada, pues fueron “secuestrados y posiblemente asesinados”. Cuando en enero de 2010, tachó de criminales a las jóvenes víctimas de la masacre de Villas de Salvárcar, aquello fue una “interpretación” de sus palabras.

Pero hay algo de lo que sí se arrepiente el expresidente: de no haber sido más duro. Lamenta “no haber enviado a las fuerzas federales antes a muchas zonas del país para defender a las familias y combatir a los delincuentes”. En su ejercicio de autocrítica, Calderón se sincera y reconoce que, si la estrategia fracasó en muchos lugares, fue porque los gobernadores no cooperaron. En él no quedó, pues en lugares como Tijuana, Monterrey y Ciudad Juárez, los homicidios bajaron mucho durante algunos meses de su gobierno.

Con todo su expertiz en el tema, Calderón advierte a López Obrador que sucesos como el operativo fallido en Culiacán (no menciona a Ovidio Guzmán por su nombre, por cierto) y la tragedia de Tlahuelilpan, ocurrieron por la renuncia al uso de la fuerza del Estado. Algo sabrá el experto en la materia. Y a propósito de la captura de García Luna, dice en su libro, sólo sabe que hay que respetar la presunción de inocencia del acusado. 

 

Columnista: Edgar Baltazar Landeros (@ebaltazzar) es Director ad honorem de ILEPAZ A.C.

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