Maromas

Maromas

Una maroma es la pirueta de un acróbata. Otra acepción reconocida por la RAE es la de “voltereta política, cambio oportunista de opinión o partido”. La maroma política está de moda, sobre todo en las redes sociales. La incongruencia discursiva de la clase política mexicana no se ha inaugurado con la 4T. Los sofistas y fanáticos han existido históricamente en todo el espectro político, siendo capaces de justificar lo injustificable, defender lo indefendible. Pacificar al país con una estrategia militarista, impulsar el desarrollo nacional con macroproyectos extractivistas o posicionar un discurso anticorrupción dejando en impunidad a delincuentes políticos de los gobiernos pasados, son la reedición de la incoherencia como marca nacional.

 

Las maromas políticas pueden entenderse desde la “disonancia cognitiva” propuesta hace más de 60 años por el psicólogo Leon Festinger. Esta aparece cuando hay una tensión entre las cogniciones del sujeto (ideas, creencias, actitudes, emociones) y otros pensamientos o comportamientos que entran en conflicto con su sistema de valores. Un maromero cree en la paz, aspira a ella, pero avala el militarismo implementado por su líder incuestionable; es enemigo de la impunidad, pero justifica la exoneración de Cienfuegos. La maroma aparece para reducir la tensión de los pensamientos en conflicto, aspirando así a una coherencia interna. El cambio de actitudes reduce la disonancia cognitiva; la maroma es necesaria para que el sistema de creencias perdure: el líder no se equivoca, la confianza depositada en él debe prevalecer.

 

La coherencia es la ausencia de contradicción y la efectiva conexión entre las partes de un todo. La 4T, como proyecto político-ideológico, es un desdibujado armatoste, hecho de retazos de todo tipo. El maromero debe esforzarse en justificar una coherencia, en inventar una unidad y defenderla, por eso es muy próximo al fanatismo. El fanático político se adhiere de forma intolerante a ideales, sus creencias son absolutas e identifica como enemigos a quienes piensan diferente. Si bien los fanatismos se reproducen en todo el espectro político, los más peligrosos son los que se exaltan emocionalmente y llevan a conductas destructivas, como el fascismo que echa raíces en los grupos más reaccionarios de la derecha mexicana.

 

Si el debate púbico lo dominan maromeros con convicciones emocionales y no personas con coherencia racional, el fanatismo se impone sobre la política. Los procesos de cambio en una sociedad tienen un importante componente discursivo; si elevamos el nivel del debate público con ética y no con un prevaleciente fanatismo acrobático, entonces sí podríamos decir que vivimos una transformación.

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