Las izquierdas ante el Green New Deal

Las izquierdas ante el Green New Deal

El Green New Deal es una propuesta de medidas urgentes ante la crisis climática. Es tanto una agenda de movimientos sociales como una bandera político-partidista. Se trata pues de una propuesta en disputa. El nombre hace alusión al “New Deal” de Roosevelt para hacer frente a la Gran Depresión, con medidas como la sindicalización de trabajadores, la derogación de la ley seca y la planificación estatal de la economía. La congresista norteamericana Alexandria Ocasio-Cortez ha propuesto un Green New Deal con medidas como el desarrollo de las energías renovables, la paulatina desaparición de las energías fósiles, intervenciones para mitigar los efectos del cambio climático y la restauración de ecosistemas.  

Para sectores progresistas, las medidas de contención de la crisis climática no deberían apuntalar un “capitalismo verde” sino seguir una ruta ecosocialista, construyendo un orden económico justo. En el caso de América Latina, la adopción de una agenda ambiental desde la izquierda ha sido problemática, pues se identifican al menos dos polos: los gobiernos progresistas con agendas redistributivas pero que no abandonan los pactos con el extractivismo y, por otro lado, los movimientos sociales antiextractivistas no representados por esos gobiernos neodesarrollistas de corte populista.

El choque entre ambos polos de izquierda se dio claramente en las elecciones ecuatorianas, donde el voto progresista se dividió entre el correista Andrés Arauz con su proyecto de continuidad del “Socialismo del siglo XXI” y Yaku Pérez, abierto opositor al extractivismo y promotor de los derechos de los pueblos indígenas y la plurinacionalidad. La elección la ganó la derecha ante la división de las izquierdas. El populismo de izquierda fue incapaz de articular demandas ecosocialistas y el antiextractivismo fue inflexible ante las necesarias alianzas coyunturales-electorales para evitar un mal mayor.        

Como ha señalado Jason W. Moore, la crisis climática es una lucha de clases, no es antropogénica, pues no procede de los humanos; es capitalogénica, pues deriva del capital. En la era del Capitaloceno, un teléfono inteligente de última generación puede contener una treintena de minerales distintos, extraídos (saqueados) por lo general del sur global y circulantes por rutas globales que, como ha postulado Martín Arboleda, implican ya no sólo hablar de una fábrica global sino de una autentica mina planetaria (esto en su reciente libro Planetary Mine: Territories of Extraction under Late Capitalism).  

Mientras sectores de la izquierda partidista y gobernante están desvinculados de la agenda ambiental anticapitalista, paradójicamente, la derecha organizada aprovecha para hacerse de un discurso “ecologista”. Así, es posible escuchar a Keiko Fujimori proponer energías renovables a la vez que reivindica la minería transnacional; así como a la alianza derechista mexicana promover energías limpias en su reclamo contra AMLO por apostar a los combustibles fósiles. Sobre ese peligroso ambientalismo de derecho vale la pena revisar el reciente libro de Andreas Malm y el Colectivo Zetkin, White Skin. Black Fuel: The Danger of Fossil Fascism (Verso, 2021), donde se advierte sobre la embestida derechista que se viste de verde para cubrir sus intenciones de negocio y saqueo.

Mientras los gobiernos progresistas sean ajenos a la ruta ecosocialista, los efectos nocivos de la agroindustria y el modelo económico depredador continuarán agravándose aún con los paliativos de las políticas redistributivas. Las transferencias directas a sectores campesinos, por ejemplo, son útiles para su subsistencia, no así para contener la degradación del suelo, el agua y las formas de vida comunitaria. Si no se desmonta el mortífero modelo agroalimentario, seguiremos viendo la proliferación de enfermedades infecciosas incubadas en las instalaciones de producción intensiva (una referencia contundente al respecto es el libro Grandes granjas, grandes gripes de Rob Wallace). Megaproyectos como un corredor comercial, una refinería o un tren turístico están claramente lejos de la ruta ecosocialista que reivindica la vida. Un Green New Deal, aún en su versión gubernamental, parece una agenda absolutamente ajena para un populismo que se supone de izquierda.

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