Los Kamikazes del Mundo

Los Kamikazes del Mundo

Hace bastantes años, una costumbre de los papás era sintonizar el canal 4 de la tv nacional para ver ciertos géneros de películas que, entre otras cosas, los hacían olvidar que el lunes laboral estaba bastante cerca. Entre tales variedades televisivas estaban las series y películas de guerra. Cómo poder olvidar esas imágenes en blanco y negro con batallas épicas entre aviones japoneses y norteamericanos, ambientadas en la Segunda Guerra Mundial, y donde, por cierto, siempre se daba la victoria de los buenos y el sacrificio de los malos. Estos últimos, invariablemente japoneses, si no eran muertos por ráfagas de metralla, ofrecían ellos mismos su vida en distintas misiones suicidas. Los pilotos eran llamados “kamikazes”, término que significaba “viento divino”. Ellos existieron realmente como parte de la Armada Imperial Japonesa que pilotaba cazas Mitsubishi A6m “Zero”, utilizados como bombas, armados con más de 200 kilos de explosivos.

 

El mismo término, ya utilizado y modificado respecto de su acepción original, fue utilizado sin mucho rigor en todo tipo de ataques suicidas, como es el caso de los “atentados terroristas” que terminaron con la destrucción del complejo de edificios denominado World Trade Center, entre ellos las Torres Gemelas, de New York. Ahí, se dice, fueron cuatro grupos de kamikazes los que secuestraron aviones comerciales y los impactaron en sendos objetivos físicos y simbólicos. Claro, el llamarlos suicidas o mártires, como lo escribe el filósofo francés Jean Baudrillard, es bastante útil para desacreditar sus actos.

 

Kamikazes es, pues, un término duro y cruel. Es cierto que hoy en día hay pocos actos que pudieran ser asumidos así. Aunque también es cierto que el término igualmente puede asumirse en términos positivos y menos trágicos. Por ejemplo, rescatistas que exponen, sin chistar, su vida para salvar otras; deportistas que manejan automóviles a más de 300 kilómetros por hora para preservar el espíritu deportivo (y su bolsillo); humanos, equipados con un “wingsuit”, que planean sobre altas llanuras para atender sus niveles de adrenalina. Y quizá sólo así se podría descubrir que existen más kamikazes conocidos de los que se piensa; verdaderos kamikazes que, incluso, podrían reflejarse en el espejo propio.

 

En estos meses de pandemia, cuando la fatídica enfermedad COVID-19 no cede en casi ninguna geografía, los kamikazes contemporáneos aparecen organizando, anunciando y habitando, ya sin decoro, reuniones, fiestas y distintas algarabías colectivas sin siquiera inmutarse si los ahí presentes no portan su “Kit del Dr. Peste”. No se trata ya de la ausencia un traje, de un cubrebocas, del no uso del gel antibacterial ni de la ausencia de “Susana”; se trata de la no presencia de miedo, alarma u horror frente a un virus que ha invadido más de 60 millones de cuerpos en el mundo.

 

Lo mismo puede decirse de aquellos que compran bebidas embriagantes de dudoso origen y calidad. Se sabe de todo tipo de consecuencias al consumir tales brebajes adulterados; no obstante, estos kamikazes dipsómanos pueden ingerir casi cualquier “agua loca” o elíxir con tinte “azul turquesa”, sin dudar siquiera por la salud e integridad de su visión, de sus riñones y, por supuesto, de su vida.

 

Semejante condición de aquellos que, en su encierro laboral y escolar, tienen la audacia y valentía de introducir el número de su tarjeta, con datos de vencimiento y CVV, en tremendas páginas webs, casi seguramente apócrifas, para adquirir productos, servicios y favores, incluso poniendo en peligro los ahorros de toda su vida y el patrimonio de su

familia.

 

Misma cuestión para los que en las condiciones actuales del país se animan a iniciar un posgrado. Sin turbación alguna, e ignorando consejos y determinantes económicos, se enfocan en doctrinas, cátedras, conferencias y estancias, online, sin inmutarse por el descrédito social y por la futura condición mendicante que les aguarda.

 

Y la lista es grande: los que todavía hoy, sin saber quién tiene qué virus, siguen teniendo sexo sin condón, sin careta, sin cubrebocas y sin su “bodysuit” de latex; los que andan en bicicleta en la ciudad, ante tanto asesino motorizado, sin casco, sin armadura y sin frenos en su unidad; los que cobran en los bancos cheques de montos de más de 50 pesos, ante la escalada de malandrines ávidos de dinero ajeno; y, finalmente, los que creen en el “amor”, aunque ya es inútil, desde hace bastante tiempo, intentar su reconsideración.

 

En casi todos los casos, estos nuevos kamikazes anteponen su caprichos personales y colectivos frente a circunstancias y escenarios a todas luces peligrosos. Quizá no sean ya de la naturaleza de sus antecesores japoneses o “yihadistas”, pero igualmente entrañan el sentido heroico del “morir matando”. No es seguro que esto sea absolutamente necesario, pero, en todos los casos, nadie puede negar su enorme disfrute al ejecutarlo.

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